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Infancia Editar

La vida en una caravana comercial era siempre dura. Ser el hijo de un próspero comerciante tampoco era tan malo, pero no establecerse en ningún lugar seguramente haya sido una marca para Tsuyoshi, quien nunca encontró más amigos que aquellos que eran sus familiares. Tal vez esto sea ser bastante optimistas, al fin y al cabo, viajar en una caravana solo con la familia más cercana (padre, madre, abuelo, abuela, un tío de parte de su madre y el hijo de este) no daba demasiadas oportunidades para poder relacionarse, trabar una amistad, entre otras cosas. Sin embargo es innegable que con tantos viajes a cuestas, a tan corta edad, el en ese entonces pequeño Tsuyoshi aprendió mucho sobre el mundo, costumbres, tradiciones, en un gran resumen, cultura. Sin un grupo societario estable con el cual relacionarse socialmente a lo largo del tiempo, salvo el reducido círculo familiar, el joven dedicó la mayoría de su tiempo al estudio, pasando incontables horas junto a la biblioteca de su padre, uno de sus bienes más preciados, transportada en el carro principal.

Era un día como cualquiera en la caravana comercial, Tsuyoshi se había dormido tapado con una de las mantas de piel junto a la biblioteca. Tan solo era lo usual de un día de viaje sin parar en puesto de comercio alguno. El pasaje por aquél desfiladero se encontraba abandonado momentáneamente por el Ejército Imperial, habían recibido un ataque del Ejército Rebelde, lo que los había obligado a abandonar las posiciones del mismo hasta reagrupar sus tropas. Sabían desde la caravana que atravesar el desfiladero así era peligroso, las bestias peligrosas del lugar eran alta categoría. Aún así, el padre de Tsuyoshi, persona aventurera como la mejor, se dirigió con todo y caravana hacia el mismo, pensando en sortear todos los peligros posibles con su astucia. Desde ambos carromatos sonaban los gritos de los líderes de la caravana, quienes deliberaban sobre el mismo viaje.

Padre: ¡Vamos, rápido, debemos atravesar el desfiladero antes del fin del crepúsculo para poder llegar a Thyïlea a tiempo!

Tío: ¡¿Pero cómo puedes pretender que logremos acometer tal cosa?! ¡Con suerte llegaremos al final del desfiladero para acampar, y eso siendo muy optimistas!

Padre: ¡Debemos hacerlo! No podemos permitirnos quedarnos en este desfiladero y lo sabes. Las bestias peligrosas de este lugar nos destrozarían a todos sin dudas...

Tío: No creo que lo logremos, Daiki, pero hagamos lo posible...

Siguieron con toda la rapidez posible por el angosto desfiladero; por momentos, las rocas eran despeñadas por las gruesas ruedas de los carromatos. Habrían pasado ya dos horas desde ese punto del viaje cuando en la distancia podía observarse ya la salida, la seguridad de los soldados imperiales con certeza los esperaban algunas pocas millas tras la salida... Efímeros deseos, todas sus expectativas se vieron reducidas a efímeros deseos, no había salida posible del pasaje para sus en ese entonces ocupantes. Un grupo de bestias peligrosas bajó como un rayo por las paredes del desfiladero, emboscando a los en desventurados comerciantes. A pesar de no ser muy grandes, aquellos Acechadores de las Arenas contaban con la fuerza suficiente como para destrozar rápidamente los carruajes de la caravana. Sin dudas no eran las bestias más fuertes, pero su tendencia a agruparse para atacar y su marcada crueldad sin dudas los volvían unas de las peores criaturas para encontrarse en todo el territorio imperial. Tomando las sencillas armas de la caravana, los hombres de la misma se propusieron defenderla hasta la muerte, hecho que no tardó en acaecerles ante la furia de los Acechadores. En medio de todo ese ajetreo Tsuyoshi corrió, con su puñal desenfundado, hacia el frente del carro, con lo que pudo llegar a apreciar la caída del carromato de su tío por el barranco, quedando destrozado contra las piedras y escollera del fondo del abismo.

Tsuyoshi: ¡Padre! ¡¿Qué está pasando?!

Daiki: ¡Acechadores de las Arenas hijo! ¡Defendamos el carro a como de lugar!

En eso, la madre de Tsuyoshi se aferró a su esposo, tironeando de él para llamar su atención.

Madre: ¡¡Basta!! ¡Deja ir a Tsuyoshi, déjalo que huya! Dale la antorcha y que marche... Nosotros defenderemos la caravana.

Tsuyoshi: Mamá, ¡no!

Sin mediar palabra, Daiki encendió la última antorcha de la caravana, y se la dio a su hijo. Posó una rodilla contra el suelo de madera de la carreta, y revolvió suavemente el cabello de Tsuyoshi.

Daiki: Hijo... El fuego ahuyenta a estas bestias, solo corre agitando la antorcha, corre hasta el final del desfiladero. Y por lo que más quieras... No mires hacia atrás.

Entre lágrimas y quejidos, Tsuyoshi cumplió lo dicho por su padre, corriendo entre los Acechadores, que se alejaban tanto como podían de la antorcha. Ya faltaba nada para salir a la seguridad del ejército imperial, cuando Tsuyoshi se dio la vuelta, comprobando que no era seguido por ninguna bestia. A la lejanía pudo ver a los Acechadores entrando con toda su fiereza en el carro, a los pocos minutos, se oyó el lejano grito de su madre, ahogado por el seguro tajo en su garganta, propinado por las garras de las bestias. No habían pasado más de dos minutos de aquello, cuando el piso comenzó a romperse bajo el carromato, este cedió, cayendo todo con bestias y cuerpos hacia el abismo. Tres segundos mas tarde, sonaba el estruendo del carro al hacerse pedazos; no pasaban ni dos segundos de aquello cuando se oyó el chillido alegre de un Stahnk, feliz al encontrar nueva comida entre los restos.

Tsuyoshi: Papá... Mamá... Ahora... Ahora me encuentro solo...

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